Racismo, discriminación y acciones afirmativas: Herramientas conceptuales | Rita Segato | Artículo

Para Segato (2006), existen por lo menos cuatro tipos de racismo:
1. Un racismo de convicción, axiológico: se expresa a través de un conjunto de valores y creencias explícitas que atribuyen predicados negativos (o positivos) en función del color, trazos físicos o grupo étnico al que la persona pertenece. Afirmar que la gente negra es mejor dotada para los deportes o la música popular que para las actividades que necesitan de pensamiento abstracto es un ejemplo de este tipo de racismo.
2. Un racismo político-partidario-programático: que sirve de base para la formación de agrupaciones políticas que votan mancomunadamente y abogan un antagonismo abierto contra sectores de la población racialmente marcados, como el Ku-Klux-Klan, todavía en existencia en los Estados Unidos de Norte América, y los grupos anti- inmigración de Australia, como son el Australian National Action, the Confederate Action Party y  First Movement, entre otros. En los países de ibero América, este tipo es el menos común, y puede considerarse representado por el movimiento de los skin-heads y pequeños grupos neo-nazistas en los grandes centros urbanos que actúan en internet a través de sites de comunidades virtuales como Orkut.  
3. Un racismo emotivo: que se expresan manifestando miedo, rencor o resentimiento con relación a personas de otra raza o grupo étnico. Es el caso de aquéllos que se asustan al tener que compartir un elevador a solas con una persona no-blanca, o sentir su presencia próxima en la calle.
4. Un racismo “de costumbre”, automático o “acostumbrado”: irreflexivo, naturalizado, culturalmente establecido y que no llega a ser reconocido o explicitado como atribución explícita de valor diferenciado a personas de grupos raciales y étnicos. Se opone a los racismos fundamentados en una consciencia discursiva. Este tipo de racismo hace parte del universo de nuestras creencias más profundas e arraigadas: el profesor que simplemente no cree que un alumno negro o indígena pueda ser inteligente, y que por eso no lo oye ni repara en su presencia dentro del aula; el portero del edificio de clase media que simplemente no puede concebir espontáneamente que uno de los visitantes al edificio sea noblanco; o la familia que apuesta sin dudar en las virtudes de su miembro de piel más clara.          


El último de estos cuatro tipos es el más frecuente en nuestro continente y, curiosamente, a pesar de presentarse como la forma más inocente y bienintencionada de racismo, está lejos de ser la más inocua. Muy por el contrario, esta modalidad de racismo  es la que más víctimas hace en la convivencia diaria y, en especial, en la vida escolar. Es, también, aquélla de la que es más difícil defenderse, pues opera sin nombrar. La acción silenciosa de la discriminación automática hace del racismo una práctica establecida, acostumbrada y, por eso mismo, más difícilmente notificable.  Solamente del otro lado de la línea, en el polo distante y macroscópico de las estadísticas se vuelve visible el resultado social de estos incontables gestos microscópicos y rutinarios.  

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